Cuentos de terror


El señor Salcedo

En una tarde de lluvia desaforada, el señor Salcedo se detuvo al borde de una solitaria carretera, sin memoria de cómo ni cuándo había llegado a este lugar. Continuó caminando apresuradamente con la esperanza de encontrar resguardo, pero solo se encontró con el vacío de una carretera que ahora parecía interminable.

Al cabo de unas horas, el señor Salcedo divisó a lo lejos las luces de un carro y agitó sus brazos para llamar su atención. El carro se detuvo, sin embargo, cuando el señor Salcedo se acercó a la ventana, la mujer que conducía dejó escapar un grito aterrador y aceleró el carro.

Lo mismo sucedió con otros tres autos que detuvo en el camino.

- Algo muy extraño está pasando- se dijo el señor Salcedo.

En aquel momento recordó que llevaba consigo un teléfono celular y esculcó los bolsillos de su abrigo mojado.

Llamó a un taxi, pero con solo mirarlo, el conductor, al igual que los demás, se alejó rápidamente.

El señor Salcedo no podía entender lo que estaba pasando. Entonces llamó a su casa. La voz que respondió la llamada era una voz desconocida.

- ¿Puedo hablar con la señora Salcedo? -preguntó.

- No, la señora Salcedo no se encuentra -respondió la voz.

El señor Salcedo comenzó a sentir pánico.

- ¿Acaso no se ha enterado? -añadió la voz-. El señor Salcedo fue victima de un accidente en la carretera y ella se encuentra en su funeral.

El señor Salcedo cortó la llamada sin decir una palabra y acercó el celular a su rostro como si fuera a tomarse una foto.

Lo que vió en la pantalla fue espeluznante, su rostro era una máscara de humo negro y de su imagen ya no quedaba nada.


Autor: Paola Artmann  

El Holandés Errante

Hace algo más de 500 años, existió un hombre devoto del mar llamado Hendrik Van der Decken. A este hombre se le encomendó la tarea de comandar un buque conocido como El Holandés Errante. Cuando el capitán y su tripulación se dirigían a las Indias Orientales desde Ámsterdam, con el propósito de hacer fortuna, se vieron atrapados en medio de un desmedido temporal, que dañó seriamente la embarcación, haciendo añicos el timón y rasgando las velas.

A eso de la medianoche, cerca al cabo de Buena Esperanza, cuando parecía que había llegado la calma; el canto del viento se convirtió en un grito furioso que golpeó los mástiles y sacudió el buque con tal violencia que la tripulación comenzó a gritarle al capitán:

-¡Debemos regresar, el buque ha recibido mucho daño y nuestras vidas peligran!

Pero el capitán Van der Decken era muy codicioso y no lo afectaba poner en peligro su vida ni la de los demás, así que respondió de manera desafiante:

-¡El viaje continúa, aunque tenga que surcar los mares hasta el fin de los tiempos!

Después de la inesperada respuesta, los mismos marineros se rebelaron contra él, pero el capitán rayando la locura, amenazó con tirar por la borda a quien contradijera sus palabras. Alarmados, los hombres se arrodillaron y comenzaron a rezar; la embarcación estaba a punto de zozobrar.

De repente, el firmamento se partió en dos y surgió una luz divina que iluminó el mar. De la luz descendió una figura celestial que se enfrentó al capitán, diciéndole:

-Tú que pones la ambición al sufrimiento ajeno, de ahora en adelante serás condenado a recorrer el océano eternamente entre tormentas y tempestades. Desde hoy, solo podrás comer hierro al rojo vivo y beber hiel. Acto seguido, la figura celestial desapareció llevándose con ella toda la tripulación.

Y fue así como el capitán Hendrik Van der Decken y el buque conocido como El Holandés Errante, fueron convertidos en fantasmas y condenados a vagar sin rumbo por los mares, hasta el fin de los tiempos. 

Autor: Paola Artmann 

La casa a oscuras 

Lucas entró a su nueva casa después del colegio, descargó el morral y se dirigió a la cocina. Allí se encontró con una joven.

-Hola, debes ser Lucas, me llamo María.

Entonces, María se dirigió a la nevera y le preguntó si deseaba algo de beber. Lucas asintió con la cabeza y se sentó a la mesa con un libro ya que debía presentar un informe para la clase de lectura. María se acercó a él extendiéndole un vaso de agua:

-¿Qué lees? -preguntó.

-"La casa a oscuras"-respondió Lucas, sin interés de continuar la conversación con la nueva empleada doméstica. Había algo en ella que lo hacía sentir muy incómodo.

-También tuve que leer ese libro en el colegio-respondió María-, pero no me agradan las historias de fantasmas. Espero que tú tampoco creas en ellos. Me imagino que ya conoces todos los rumores acerca de esta casa.

-Sí, conozco los rumores de que esta casa está habitada por fantasmas. Pero a diferencia de mi papá, a mí me tienen sin cuidado. No creo en lo sobrenatural -contestó Lucas de manera tajante, haciendo aún más evidente su desinterés por continuar la conversación y añadió-: Este lugar está hecho un desastre, ¿puedes por favor guardar las cosas de los antiguos dueños y desempacar nuestras cajas?

Entonces, María se dirigió hacia la sala y comenzó a desempacar. Lucas continuó leyendo, terminó el informe y se marchó a su habitación a tomar la siesta. Entredormido, escuchó a María despedirse desde la puerta.

Acercándose la noche, el padre de Lucas llegó a casa después del trabajo. Ambos comenzaron a conversar.

-Hijo, creo que nunca voy a acostumbrarme a este lugar. Los rumores de que aquí habitan fantasmas me tienen muy preocupado -dijo el padre.

-¡Nada de eso! Papá, eres el único en esta casa que cree en esas cosas. Yo no creo en fantasmas y hasta María, la nueva empleada doméstica, tampoco cree en ellos.

El padre se llevó la mano a la boca y dijo consternado:

-Hijo, empaca tus cosas de inmediato, ¡debemos irnos!

-Pero ¿por qué papá? -preguntó Lucas sorprendido por la extraña reacción de su padre.

-Porque no contraté a ninguna empleada doméstica.

Autor: Paola Artmann 

Los calzoncillos del fantasma

Zacarías Franco era un hombre larguirucho, huesudo y de extrañas costumbres. Todos los días se acostaba exactamente a las 8:57 de la noche, sólo tomaba leche y, a pesar de no tener un pelo en la cabeza, se cepillaba la calva con un cepillo de bambú que guardaba meticulosamente en un pañuelo de terciopelo. Sin embargo, la mayor de sus excentricidades era la de siempre ponerse dos calzoncillos.

Un día cualquiera, por razones aún desconocidas, su corazón dejó de latir para siempre. Su esposa, muy angustiada le peinó la calva con el cepillo de bambú, le puso su traje más elegante, pero olvidó enterrarlo con sus dos calzoncillos.

Después del funeral, el fantasma de Zacarías Franco seguía volviendo a la casa. Todas las noches, exactamente a las 8:57 entraba por la puerta principal.

Su esposa estaba tan asustada que se mudó de casa, pero el fantasma de Zacarías Franco la encontró. Entonces, se mudó de nuevo y siguió mudándose. Según los rumores, ella debió mudarse de casa 6 u 8 veces, pero sin importar a dónde llegara; Zacarías seguía regresando.

Finalmente, la mujer reunió todas sus fuerzas y, una noche, cuando entró el fantasma de su esposo por la puerta principal, le preguntó:

-¿Zacarías, por qué sigues volviendo? ¿Qué es lo que esperas de mí?

Zacarías la miró durante un buen tiempo y finalmente, dijo:

-Cariño, por favor necesito mi otro par de calzoncillos.

Fue así como la mujer le tiró el otro par de calzoncillos y, hasta el día de hoy, todos comentan que nunca lo han vuelto a ver. 

Autor: Paola Artmann 

La estatua del payaso 

La estatua del payaso María Luisa llegó a la casa del doctor Reyes y su esposa a eso de las 7 de la noche. Había sido contratada para cuidar los dos hijos de la pareja mientras ellos cenaban en un lujoso restaurante de la ciudad.

El doctor Reyes abrió la puerta y le dejó saber que los niños se encontraban dormidos. Igualmente, la señora Reyes le pidió permanecer en la sala de estar, cerca de la habitación de los niños, en caso de que alguno de ellos se despertara.

La pareja se despidió y María Luisa se dirigió a la sala y se sentó a jugar en su celular. Al cabo de un rato, se aburrió y llamó a los padres para saber si era posible ver televisión:

-Por supuesto -respondió el doctor Reyes.

Sin embargo, María Luisa tenía una solicitud final; les preguntó si podía cubrir con una manta la estatua del payaso que permanecía en una esquina de la sala, porque cada vez que miraba la enorme estatua de ojos espeluznantes, tenía la sensación de que la estatua se estaba moviendo lentamente.

Por unos cuantos segundos hubo un silencio incómodo. Con voz de terror, el doctor Reyes dijo:

-¡Despierta a los niños y salgan inmediatamente de la casa! NO TENEMOS NINGUNA ESTATUA DE UN PAYASO.

Autor: Paola Artmann 

El dedo gordo peludo

Un día, un niño estaba cavando en el jardín de su abuela cuando encontró una raíz que se asemejaba al dedo gordo peludo de un pie. El niño intentó varias veces arrancarla, pero esta estaba atascada en la tierra y no se movía. Así que, tiró con todas sus fuerzas hasta que desprendió la raíz por completo, fue en ese momento que escuchó un gemido espectral y salió corriendo.

El niño llevó la raíz a casa y se la mostró a su abuela.

-Esta raíz se ve deliciosa -dijo la abuela, sin darle importancia a tan extraña apariencia.

Entonces, la cortó en dos pedazos y la echó en la sopa.

A la hora de cenar, la abuela sirvió la sopa y puso un pedazo de raíz en cada plato. Luego, lavaron los platos, conversaron un buen rato y cuando oscureció, se fueron a la cama.

El niño se quedó dormido. Pero en medio de la noche, fue despertado por una voz muy extraña desde su ventana:

-¿Dónde está mi dedo gordo peludo? -decía la voz entre gemidos.

El niño se asustó mucho, pero pensó que era producto de su imaginación.

Sin embargo, oyó la voz una vez más, esta vez más nítida y cerca.

-¿Dónde está mi dedo gordo peludo? -decía la voz entre gemidos.

El niño cerró los ojos y pensó: "Esto es un mal sueño, mañana despertaré y todo habrá pasado".

Pero pronto escuchó el sonido de la puerta de la casa abrirse y la voz nuevamente decir entre gemidos:

-¿Dónde está mi dedo gordo peludo?

Luego, el niño oyó pasos en la cocina, la sala, el comedor y hasta en el baño. Los pasos se acercaban más y más hasta llegar al pasillo. ¡Ahora estaban al frente de su puerta!

-¿Dónde está mi dedo gordo peludo? -decía la voz entre gemidos.

El niño miró con horror cuando la puerta de su habitación se abrió. Temblando de miedo, cubrió su cabeza con las mantas y escuchó mientras los pasos se movían lentamente a través de la oscuridad hacia su cama.

Luego se detuvieron.

-¿Dónde está mi dedo gordo peludo? -la voz gimió estruendosamente-. ¿LO TIENES TÚ?

Hasta el día de hoy, nadie en el pueblo volvió a saber del niño y su abuela.

Autor: Paola Artmann  

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